Nos criaron con la creencia de que cuando el niño no puede calmarse, un «buen» correctivo puede ser la solución. “Si no dejas de llorar ahora, te voy a dar para que llores de verdad” “Deja de llorar porque todos te miran” “Te ves tan feo llorando”.

Estos son algunos de los mensajes erróneos que les damos a nuestros hijos cuando experimentan un momento de frustración. Una rabieta no es señal de mal comportamiento, sino de mala gestión de las emociones. Como dijo Jane Evans, «cuando un niño no puede calmarse, necesita conexión y consuelo, no críticas y control».

La verdadera necesidad del niño es la conexión. Al ponernos en su lugar, podemos entender lo que sienten y cómo reaccionan ante la frustración. Al conectarnos con ellos, validamos sus emociones. Transmitimos el mensaje de que lo que sienten sí importa. Estamos para guiarlos y ayudarlos a comprender, reconocer y gestionar esta fusión de emociones y sentimientos.

Entonces, si tu hijo está molesto o enojado, ten en cuenta estos puntos:

  • Respeta su tiempo y espacio.
  • Respeta sus silencios.
  • Síguele con amor.
  • Motívalo con palabras y acciones positivas.
  • Conéctate con su esencia.
  • Reconoce y valida sus emociones.
  • Déjalo ser para que pueda hacerlo.

No olvides que los correctivos físicos y psicológicos no resuelven el problema a medio y largo plazo. Terminan creando lagunas emocionales irreparables en el adulto que algún día se convertirá.

disciplina positiva

A través de la Disciplina Positiva aprendemos a enfocarnos en mejorar las habilidades de nuestros hijos para que puedan resolver los problemas por sí mismos. También reconocemos que el castigo físico y psicológico no son recursos que favorezcan la creación de niños autónomos, responsables e independientes. 

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